LA ILUSIÓN DE UN NIÑO

Pido perdón a los niños por haber dedicado este libro a una persona mayor. Tengo una seria excusa: esta persona mayor es el mejor amigo que tengo en el mundo. Pero tengo otra excusa: esta persona mayor es capaz de comprenderlo todo, incluso los libros para niños.
Si no fueran suficientes todas esas razones, quiero entonces dedicar este libro al niño que fue hace tiempo esta persona mayor. Todas las personas mayores antes han sido niños. (Pero pocas de ellas lo recuerdan).
Corrijo, por consiguiente, mi dedicatoria:
A LEÓN WERTH
cuando era niño
(Antoine Saint Exupéry –El principito-)
17 de diciembre (de madrugada)
Hoy he cumplido 35 años. 35.
Parece que fue ayer cuando cumplía 25, me enteraba de que mi padre no era realmente mi padre, y a los pocos meses me marchaba a Irlanda a empezar una nueva vida, huyendo de España.
Las cosas ahora son muy distintas por aquí.
No creo haber cambiado mucho desde entonces. Ni haber madurado.
¿Qué esperaba encontrar entonces? ¿Qué es lo que espero ahora?
Todavía sigo esperando encontrarme una estrella de navidad en mi ventana, o salir volando cogida de la mano de Peter Pan. Pero como dice Sabina, “no hayo más que puertas que niegan lo que esconden”
Hoy he cumplido 35 años.
Miguel me dijo anoche que debería aprovechar mi insomnio para escribir.
Escribir.
Supongo que es más fácil escribir ahora, que me pasan cosas cada día. Pero por alguna razón pienso que carecen de importancia, que se repiten constantemente.
También es más fácil escribir cuando sufres, cuando estás enamorada. O cuando te desenamoras, como Neruda.
Pero no puedes escribir cuando estás vacía.
Yo no sé de dónde sacar la inspiración.
Desde que volví de Ibiza (no, no se me ha olvidado) nada es como antes. No me apatece salir, hacer lo que he estado haciendo cada fin de semana durante todo un año.
Es más fácil encontrar la inspiración cuando estás triste.
A mí los cumpleaños siempre me ponen triste. Cada año es un cálculo mental para saber qué has conseguido, qué has superado, qué has dejado atrás.
No es que no haya conseguido nada –para empezar, he sobrevivido un año más en esta mierda de mundo sin ser atropellada o sin beberme un bote de lejía- pero, no sé, a veces pienso que voy hacia atrás, que en vez de conseguir cosas las pierdo. Que no me doy cuenta, que no consigo aprender. Y yo creo que estamos aquí para eso.
Me he salido del camino y ya no puedo volver a él.
Todos, cuando niños, cuando adolescentes, nos imaginamos un mundo de color rosa, donde todos somos felices. No pueden culparnos, es lo que nos enseñan.
Nos venden animalitos que hablan, princesas que siempre encuentran a su príncipe azul. Quizás esa es la parte que más buscamos, la parte que a mí me falta. Mi parte.
Cuando lo tienes parece que sobra, pero lo extrañas cuando falta.
Te hacen creértelo con tu primer beso, con tu primer novio. Pero todo empieza a derrumbarse la primera vez que vas a la escuela, o cuando te dicen que papá Noel en realidad es tu padre. Por extraño que parezca, recuerdo todos esos momentos.
Recuerdo mi escuela, y yo con un babi de color rosa. Recuerdo que siempre iba a clase con mi nancy, que era mi único apoyo cuando no estaba mi madre.
Recuerdo que después empezamos a irnos con una chica mayor, e incluso avisaron a nuestros padres.
Recuerdo la crueldad de los niños. Recuerdo que me llamaban “muñeca” porque tenía pecas.
Recuerdo cuando me dijeron que los regalos en el árbol eran ficticios. Fui a casa llorando, sin querer perder la ilusión, y le dije a mi madre.
-Entonces, si nos hacemos pobres, ¿quién me va a comprar a mí regalos?
¿Habéis leído El principito? Es uno de mis libros favoritos. Habla precisamente de eso, de madurar, de la pérdida de la ilusión. Lo habré leído unas cuatro veces como mínimo, y cada vez lo entiendo de forma diferente. Y es que no es un libro de niños, es de adultos. Aunque estoy segura de que muchos adultos no lo entenderían, como El señor de los anillos. Y te preguntan cómo puedes leer eso, un libro de niños.
Cuando maduramos, y los problemas se hacen serios, se hacen lo que el mundo considera “de verdad”, nos damos cuenta de que todo ha sido un sueño. Una mentira tramada para que crezcamos felices y nos convirtamos en máquinas de hacer dinero.
Te das cuenta de que tu príncipe azul en realidad es más bien negro, que un día te pega, o te engaña, o te deja porque es incapaz de luchar.
Y cuando cumples 35 años estás sola, o divorciada, sin hijos, o sin la oportunidad de trabajar jamás en lo que siempre habías soñado.
¿No sería mejor hacernos saber todo esto cuando somos pequeños, en vez de crearnos espectativas que jamás seremos capaces de cumplir?
¿No sería mejor para que mucha gente se sintiera mejor consigo misma, en vez de un completo fracasado?
¿Cuánta gente que conozcamos ha conseguido realmente lo que esperaba de la vida? ¿Cuánta gente trabaja en lo que quiere, tiene dinero, un chalet junto al mar, y el amor de su vida a su lado?
Pero cuando lo encontramos....ah, cuando lo encontramos. Hacer cualquier cosa a su lado puede significar un mundo. Y hacer el amor con él......el universo.
Sí, es verdad que aprendo del mundo. Aprendo cada día, a cada paso. Aprendo cada vez que me fijo en la gente del metro, cada vez que pongo la tele. Veo cosas, detalles. Sé cómo es la gente, aunque muchas veces engañe. Intento confiar, pero es muy difícil cuanto más aprendes.
Aprendo de la felicidad, de qué va todo esto. ¿Cuándo fue la última vez? ¿Lo soy ahora?
A veces me gustaría ser mala, o más mala, y poder decirle a todo el mundo lo que pienso, sin pensar en las consecuencias, si tengo que aguantarles porque trabajan conmigo o porque tengo que verles durante los 2 años siguientes.A veces me gustaría decir adiós a la gente que me ha hecho daño, sin importarme no volver a verlos jamás.
Cada día cojo más fama de antipática, de fría. La cojo entre mis amigos, entre la gente que no me conoce, entre los chicos. Cada día soy un poco más la dama de hielo que siempre quise ser. Pero ahora que lo he conseguido, no me gusta.
Algunos dicen que cuando escribo así les pongo tristes. Lo cierto es que cuando te sientes triste escribes mejor. No se puede estar contento siempre. Es más, muchas veces no lo estoy, ni cuando escribo, pero escribir lo bueno hace que te creas que lo es.
He estado viendo “El bosque”. Una serie de personas se conocen en un grupo de apoyo tras haber visto morir a algún familiar asesinado. Entonces deciden huir de todo, de esa realidad, y vivir en un bosque, haciendo creer a sus hijos que aún están en el S XIX.
Yo también quisiera hacer eso. Irme no sé, a Ibiza, el único lugar donde puedo ser yo misma. Allí vivió mi padre tras nacer yo, creo, en los últimos 70. ¿Por qué no triunfaría el movimiento hippie? Era la única forma de vida que de verdad tenía algún sentido.
Quisiera escapar, escapar de todo, de mí misma. Encerrarme en una cueva y no salir jamás, como decía Platón. Como en la cueva del Atlantis. Podría haber muerto en ese instante.
Recibo llamadas de un número oculto. Me dan miedo.
Llaman y no contestan, ponen una canción, o sólo suspiran. Cristina me ha dicho que seguramente quien las hace no me conozca, pero yo creo que sí. Es un chico, por su voz.
A veces llama de noche y si no lo cojo vuelve a llamar un rato después. Otras, incluso al siguiente día.
Anoche hablé con Miguel. Fue el primero en felicitarme, a las tres y media de la madrugada. Sufre insomnio, como yo. Dice que viene a verme en Navidad, que vendrá desde Barcelona.
Sé lo que muchos dirán, que estoy loca por volver a enrrollame con un ex novio. Pero Miguel no es un ex cualquiera. Es el ex novio por excelencia. Creo que no podría volver a besar a ningún otro. Pero con Miguel.....con Miguel el fuego nunca se apagó del todo. Como dijo él, “nunca busqué nada, ni a nadie, pero tú eres algo especial”
Sé que no es la mejor de las ideas, quizás. Pero cuando hablo con él se me olvida. Y estoy acostumbrada a sufrir, y a superarlo. Las escarchas como yo caen de pie.
¿Y por qué no? ¿Y si muriera mañana? ¿No sería mejor vivir cada día como si fuera el último?
Y yo quiero volver a verle, aunque sea la última vez.
No le gusta que hable de él aquí, por eso intento no hacerlo.
Sé que es malo para mí, probablemente. Pero este año ha estado lleno de sorpresas, de experiencias. Y es malo sólo a veces, a veces también fue bueno, muy bueno. Junto a él aprendí mucho, y de eso te trata, y de cómo te haga sentir. Fue mejor que casi nadie que haya conocido, exceptuando quizás al bueno de Max. Es muy justo con el mundo, pero el mundo no le entiende, como a mí.
Con Raúl también fue efímero, pero si pudiera volver atrás no cambiaría el pasado. Porque la vida está hecha de momentos, y no podemos prescindir de los buenos. Si prescindimos de ellos, y actuáramos siempre con lógica, ¿qué nos quedaría? ¿Qué habría sido del mundo sin los que se atrevieron a soñar?
Me gustaría ser como Virginia Wolf, o Emily Dickinson. O como Silvia Plath, la escritora americana. Bueno, exceptuando quizás que murió con la cabeza metida en un horno tras haber pegado cinta aislante en la puerta de la habitación donde dormían sus hijos, donde justo antes había dejado pan con mantequilla.
O como Ana Frank, que mi vida fuera suficientemente interesante, importante, como para que a alguien le apeteciera leerla. Creo que sólo resultaría así si ahora se declarase una guerra y tuviera que esconderme en la buhardilla de alguien, como la Frank.
Pero lo más probable es que no pase nada. Mis palabras morirán hoy, que será el último día que alguien las lea. Moriré sin descendencia (como siempre quise, exceptuando cuando cría, cuando jugaba a leerme las líneas de las manos para saber cuántos hijos iba a tener), y nadie se acordará de mi paso por el mundo. Nadie me recordará cuando me haya ido, como dijo Jesús. No habré hecho nada importante, no habré sido nadie. Aunque, ¿es alguien realmente esencial para el mundo? Cuando murió Teresa de Calcuta a nadie le importó, sólo porque unos días antes había muerto la princesa Diana. Ahora sí que me preocupa lo de dejar constancia de mi paso, creo que por eso empecé a estudiar diseño, bueno...amamos aquello por lo que nos aman, ¿no es cierto?
Yo tengo pánico a desaparecer.
Quisiera hacer como Carmina Ordóñez, que se suicidó al cumplir los 50 porque no quería envejecer, después de haber vivido intensamente.
¿No pensáis nunca en la muerte? En realidad cada día que vivimos está más próxima. No tendría que ser tabú hablar de ella, los egipcios se la tomaban como algo normal.
Pero tanquilos, esto es algo sólo pasajero. Mañana seguramente estaré bien, conoceré a alguien y volveré a escribir sonriendo, riéndome de mí misma y de lo que me pasa. Porque de eso se trata, ¿no?, de reirnos de cada día. Aunque probablemente será una felicidad sólo pasajera, la felicidad también va por momentos. Por eso no podemos estar eternamente enamorados, porque no lo soportaríamos....no podríamos estar siempre enamorados. ¿O sí?
Hoy cumplo 35 años. Aún no me lo creo.
Ahora no tengo compañero de piso. Pero aunque necesite el dinero, no sé, no parece importarme tanto como cuando me dijeron que aquel señor gordinflón y con risa tonta, que siempre iba vestido de rojo, en realidad no existía.
Al final parece que mi insomnio sí que ha servido para algo.
<< Cuando tenía seis años, vi una vez un extraordinario dibujo en un libro que trataba sobre el Bosque Virgen, llamado "Historias Vividas". La lámina expresaba nada menos que una serpiente boa tragándose a una fiera.
El libro decía: "Las serpientes boas capturan a sus presas y las tragan enteras, sin masticarlas”.
Es entonces que pensé mucho sobre las aventuras de la selva y un buen día, tomé un lápiz de color y logré mi dibujo número 1.
Decidí mostrar mi primera obra maestra a la gente grande, y pregunté si mi dibujo les asustaba.
-"Por qué nos asustaría un sombrero?"-, me respondían.
Me aconsejaron las personas grandes, que abandonara estos dibujos de serpientes boas cerradas o abiertas y me dedicara un poco más a la geografía, la historia, el cálculo y la gramática.
De este modo abandoné a la edad de seis años lo que pudo haber sido una brillante carrera de pintor. Me encontraba decepcionado a raíz del fracaso de mis primeros dibujos. Insisto en que las personas grandes no comprenden nada por sí mismas y es cansador para nosotros, los niños, darles siempre y siempre explicaciones.
Consideré que debía elegir otra ocupación y aprendí a pilotear aviones, volando así por innúmeros lugares del mundo. Reconozco que la geografía me sirvió de mucho. Al instante podía distinguir China de Arizona; esto es muy útil si uno llega a perderse durante la noche.
Debo decir, que así fue como a lo largo de mi vida, tomé contacto con muchísima gente seria. He vivido mucho con personas grandes, viéndolas muy de cerca. Aún así, no mejoré en demasía mi opinión acerca de los adultos.
Cuando encontraba alguna persona grande que me parecía algo lúcida, realizaba la prueba de mi dibujo número 1 que siempre he conservado y conservo aún. Me interesaba saber si verdaderamente comprendería mi dibujo. Sin embargo, siempre me respondían: "Es un sombrero".

No les hablaba entonces de serpientes boas, ni de bosques vírgenes, ni de estrellas. Me ponía a su alcance, hablándoles de bridge, de golf, de política y de corbatas.
Así es como se quedaban conformes por haber conocido a un hombre tan razonable.
EL PRINCIPITO
