Manejar el silencio es más difícil que manejar la palabra (Georges Clemenceau)

MADRID
AQUI / NO HAY PLAYA
El espectáculo de la catedral del fuego
Javier Lorenzo

Esta ciudad es un jolgorio. Una fiesta. Un continuo regocijo.

Hasta los más reacios a estas celebraciones, hasta los ateos más recalcitrantes se verán obligados a convenir -porque lo cortés no quita lo valiente- que este año la ciudad se ha engalanado como nunca.

Por primera vez desde aquel año en el que colocaron un rayo láser hasta la Puerta de Alcalá -y esto es una apreciación muy personal- la ciudadanía no ha tenido apenas ocasión de criticar con su habitual mala leche la decoración navideña. Resulta que está bien, que es bonita e incluso original sin llegar, como en otros años, a lo absurdo o lo esperpéntico. Por fin gozamos de una iluminación sin estridencias y en ocasiones hasta elegante, cuyos efectos balsámicos y ciertamente beneficiosos son bien visibles y comprobables en los ojos extasiados de la chavalería. Pero no sólo esto.

Para abundar aún más en este acierto, el Ayuntamiento regaló la noche del pasado sábado a los ciudadanos un espectáculo que, además de sorprendente, tuvo muy bella factura.
Tantos años pasando por delante de Nuestra Señora de las Comunicaciones (vulgo Correos), y ahora resulta que es el mejor telón que hay en la villa y que su piedra blanca era ideal para acoger los efectos visuales que sobre ella se mostraron.

La que, para un servidor, es la catedral laica de Madrid tenía un aspecto más grandioso del habitual y su perfil era un colosal basamento para el castillo de fuego que se alzó en la gélida madrugada madrileña. Nadie de los que allí estaban quedó defraudado, aunque solamente fuera porque se comprobó con alivio que las mesopotámicas obras no habían arramblado con los presupuestos y todavía quedaba un pellizco para ofrecer semejantes juegos lúdicos al respetable.

No todo iban a ser penurias. Al ser otra la mirada con la que contemplaba el majestuoso edificio, llegué a la conclusión de que no hay otro que sea tan puramente madrileño -esa amalgama de neogótico con lo francés, lo vienés y lo estadounidense; ese peculiar apaño del que brota un estilo nuevo, propio y poderoso-; y también pensé que era de justicia que se convirtiera en la sede de nuestro rumboso Consistorio. Sin demérito de la vetusta y venerable Casa de la Villa, por supuesto.

Pronto, los madrileños podremos pasear bajo el inmenso lucernario de su patio central o subir en ascensor a la cúpula, situada a 60 metros de altura, para obtener a vista de paloma cagarrutera un panorama que hasta ahora teníamos vedado.

Estoy deseando que llegue el día del traslado y la convenientísima inauguración.

Aunque sólo sea para disfrutar de un fenómeno similar al que se vivió la otra noche.